Tiempos de miedo...
“conocer las finalidades de la represión y situarlas en nuestra realidad, como una forma de comprender y dar sentido a muchas de las cosas que suceden a nuestro alrededor. De esta forma podemos también conocer los mecanismos que la represión utiliza y plantear algunas formas de hacerle frente”
(Riera, Martín Beristain, 1993: 25)
Estamos en un momento histórico de crisis global y profunda. Desde la hegemonía del poder, se nos dice que para intentar superar estas crisis, la única posibilidad, objetivamente necesaria, es realizar una serie de cambios dolorosos que impondrán sacrificios a todos. En caso contrario, el desastre absoluto, la bancarrota total, el caos, el abismo: todo, absolutamente todo se derrumbará y se perderá para siempre…
Cada pocos días vuelven a sonar las alarmas. Un agente anónimo que se hace llamar “el mercado” desata situaciones que de nuevo imponen como necesidad técnica objetiva profundizar en la implementación de esos cambios dolorosos, reformas estructurales que impondrán sacrificios a todos…
Todo cambia a una velocidad vertiginosa. La incertidumbre es cotidiana; la zozobra y la angustia se extiende en el ánimo de todo el mundo. La amenaza es constante, el peligro inminente, la debacle puede llegar en cualquier momento. El miedo se instala de forma permanente, de manera extensa e intensa: está en el medio, en el aire, y llega a cada rincón de nuestra existencia.
Con el cuento de la crisis y a base de miedo nos han quitado derechos laborales, rebajado las pensiones, bajado los salarios… Nos gobiernan a base de miedo. Se trata de producir en la poblacion un fuerte impacto emocional a través de una situación intensa y profunda de amenaza, una situación que desoriente; y antes de que pueda darse cualquier reacción, implementar rápidamente una serie de cambios profundos en la estructura económica, social y política. La doctrina del shock.
El miedo está en las conversaciones, en las razones y en los sentires, orientando nuestro comportamiento, mediando las formas de relación, de ver el mundo, de afrontar la vida. Miedo a la “crisis”, al “rescate”, al despido, al desempleo, a no encontrar trabajo, a no poder pagar el alquiler o la hipoteca del piso, al desalojo, a la pobreza…
El miedo tiene un potente peso en nuestro día a día…El miedo, un sentimiento que paraliza, que disuade de organizarse, de reclamar cualquier derecho, que lleva al conformismo, que convence de lecturas de la realidad en que es imprescindible aceptar lo inaceptable… El miedo campa a sus anchas en nuestras vidas, pero sin embargo, no lo nombramos mucho y poco lo tratamos. Por eso también, resulta tan eficaz como herramienta para conducir nuestras conductas…
En el día a día del trabajo, el miedo está muy presente. ¿quién no se ha callado más de dos veces por miedo? También en el trabajo, el miedo orienta muchas de nuestras conductas, y permea en todas las formas de relación que se dan en su contexto: entre trabajadores, entre trabajadores y jefes... Constituye una de las principales herramientas cotidianas para someter y conducir la conducta de los trabajadores. A trabajar más por menos, y sin chistar. Si no, a la calle. De la mano del miedo de abajo, la soberbia de arriba.
El miedo no es precisamente algo nuevo en el trabajo. Sin embargo, como trabajadores, en la lucha por nuestros derechos, no sabemos muy bien qué hacer con él, más allá de aguántarse cada quien el suyo, apretando calladamente los dientes o de indignarnos con los desmovilizadores discursos del miedo que promueven sindicatos funcionales al sistema.
La cuestión entonces puede ser qué hacemos con el miedo desde abajo, desde lxs trabajadores, para defender mejor nuestros derechos. Una psicología social del trabajo desde una perspectiva de psicología de la liberación tal vez pueda resultar de alguna utilidad al respecto.
Una primera tarea puede ser nombrar el miedo en el trabajo, considerar su existencia y tratar de conocer sus mecanismos y efectos, para poder afrontarlo mejor, individual y colectivamente. A eso apuntamos con este texto.
El miedo, introducción
“…la emoción más natural de todas es el miedo (…) los psicólogos han dejado de llamarle “miedo” y ahora se refieren a él con la palabra “stress” ”
(Watson, 1982: 57)
Se refiere al autor a los psicólogos militares que estudiaban el miedo de los soldados en la guerra, y a los efectos que este renombramiento trae consigo: la desvalorización moral y filosófica de la real importancia del miedo en el combate, como respuesta legítima ante un situación intimidatoria. El miedo es convertido en fría respuesta psicológica que trae efectos psicológicos y que puede ser calculada, modificada, gestionada… Los psicólogos militares no realizan ningún tipo de intento de modificar las situaciones de intimidación (Watson, 1982: 58). Su objetivo es conseguir que los soldados estén dispuestos a implicarse en el combate, sin cuestionarlo, hasta el punto de dejar en él su propia vida.
Con esta maniobra, los psicólogos militares producen una normalización de la intimidación que funda la situación y las posteriores formas de relación. No se cuestiona ningún aspecto de la situación de coacción, la intimidación se convierte en “lo normal”. Y más aún, al hacerla normal y natural, se la hace desaparecer del entendimiento del escenario. Una cuestión normal, el miedo ante una amenaza, se torna entonces una cuestión anormal que presentan algunos individuos. No se ha de cambiar nada de la situación, se ha de cambiar al individuo que presenta el miedo. El problema es la persona, no la coacción.
Desde los departamentos de “recursos humanos” y la psicología del trabajo hegemónica, el miedo en el trabajo puede ser considerado como una cuestión de “estrés”, es decir, una cuestión en el ámbito de la enfermedad mental, uno más entre los riesgos psicosociales para la salud laboral, algo que la persona debe conseguir superar. El miedo a trabajar es denominado ergofobia.
También puede ser considerado como una variable más en el apartado de “motivación” para la gestión del personal, un “incentivo” que puede ser calculado y administrado con el siempre loable propósito de mejorar el desempeño, aumentar el rendimiento y la productividad, desarrollar la competitividad de la empresa, etc. Incentivo de doble filo, ya que también es posible que, por miedo, lxs trabajadores puedan abstenerse de opinar, de innovar, de transferir sus ideas a niveles superiores y se ha de procurar que las personas conecten su propósito de vida, con su propósito laboral.
El miedo, en el ámbito laboral, queda así sin nombre, inexistente, descontextualizado, individualizado, desvalorizado, deslegitimado. Administrable, calculable. El resultado es también la invisibilización de la situación de intimidación que determina la interacción social en el trabajo, su normalización, su naturalización. La coacción desaparece del entendimento del escenario, la situación de coacción no puede, ni debe modificarse. Es el individuo el origen del problema, quien debe cambiar, se trata incluso de una cuestión de libertad y decisión personal: usted aceptó, si usted no quiere, ahí está la puerta de la calle.
¿Será que el objetivo de de los departamentos de “recursos humanos” es conseguir que lxs trabajadores estén dispuestos a implicarse en el trabajo, sin cuestionarlo, hasta el punto de dejar en él su propia vida? ¿será la ergofobia una saludable miedo a que la propia vida sea expropiada? ¿qué es el miedo?
¿Qué es el miedo? ¿qué características tiene?
Miedo, inseguridad, angustia, ansiedad, terror, temor, pánico, espanto, horror…son palabras que se refieren a esas vivencias que se desencadenan por la percepción de un peligro que amenaza. Un peligro que puede ser concreto o impreciso; actual o probable en el futuro; objetivamente real o fantaseado por la persona; originado en el mundo interior de la persona o en el exterior que le envuelve. El miedo puede ser a muchas cosas ciertas e inciertas, y a las consecuencias de aquello temido… Miedo al despido, al desempleo, a no tener dinero, a no poder pagar el piso ni alimentar los hijos…
El miedo puede ser definido como una emoción intensa que indica que la persona atribuye un significado de peligro a la situación en la que se halla, situación que percibe y comprende como una amenaza vital. Cuando existe dificultad para identificar el contenido o la inminencia de la amenaza se hablaría de angustia. La angustia se relacionaría con la espera y con la imprecisión o carencia de objeto. Cuando la amenaza se percibe como inminente, el miedo se puede transformar en terror o pánico. (Lira, 1990a: 176-177)
Pero el miedo no se reduce sólo a las personas que se ven directamente implicadas en una situación de peligro, ni se vive solamente en el interior de las personas. El miedo se da también en las relaciones sociales y se extiende por entre quienes comparten contexto y pueden sentirse identificadxs entre sí.
En los contextos, hay personas y grupos que interaccionan, que viven según sus visiones del mundo, que tienen intereses y necesidades, que se fijan propósitos… Es decir, hay relaciones sociales, relaciones sociales de poder.
El miedo de las personas se da en un contexto, en un medio, en un tiempo, en unas formas de relacionarse: el miedo tiene historia, es histórico y social, se da en medio de unas determinadas distribuciones de poder. El miedo se producirá por lo que sucede en un determinado contexto; pero también el miedo será producido por actores concretos para que sucedan cosas en ese medio. El miedo es instrumento que otorga ventaja en las relaciones de poder.
Eso sucede en los contextos más amplios y en los más cercanos. Las historias de los movimientos obreros registran la muerte de trabajadores que fueron masacradxs en la represión de procesos sociales para conquistar derechos.
La legislación laboral, producto de equilibrios de poder concretos, dan la ventaja a las empresas, y las subsiguientes reformas aumentan esa situación de ventaja. En cada empresa, se sabe del cierre de la empresa de al lado, de la deslocalización que hubo en la otra; del expediente de regulación de empleo (ERE) que hubo en la de más allá; del despido masivo que hicieron sin más en la de más acá. Y también se sabe de aquel compañero al que la dirección le hizo la vida imposible hasta que renunció; de aquella compañera que fue despedida, de aquel otro al que no le renovaron… habitualmente por querer hacer vigente algún derecho laboral, pero también por simple arbitrariedad.
Los temores a la represión sedimentan en las formas de ser y de relacionarse, se incorporan al funcionamiento social habitual. Discutir con un jefe, defender algún derecho, participar en actividades sindicales recuerda el impacto traumático de la amenaza vital y augura castigos terribles. El miedo siempre ha estado y producido efectos; pero también han sido afrontados. Veamos algunos de esos efectos.
Efectos individuales
Los efectos del miedo en el trabajo puede ser muy intensos. Algunos autores comparan los efectos del desempleo con los de la represión política, dado que remiten a la persona a vivencias de inseguridad muy profundas (Lira, 1990: 156).
El miedo puede producir muchos efectos en las personas, en sus diferentes ámbitos (individual, social…) y dimensiones (afectos, identidad…). Pero no es una cuestión cerrada, de causas y consecuencias que siempre se van a producir igual de manera inevitable. Al contrario, las diversas áreas se relacionan, los procesos son dinámicos, y sobre todo, las personas son activas
y afrontan las situaciones. En este apartado, sólo vamos a tratar muy brevemente algunos de los posibles efectos del miedo a nivel individual.
A un nivel afectivo, la persona puede tener vivencias de inseguridad y amenaza del proyecto vital. Ante la amenaza continuada, puede surgir una sensación de vulnerabilidad que lleve a un sentimiento de impotencia, de pérdida del control sobre la propia vida. La persona ha de mantener un estado de alerta alto y constante que aunque ayuda a afrontar la situación, trae consigo un sufrimiento físico y psicológico importante. Pueden aparecer reacciones corporales como diarrea, dolor de estómago, palpitaciones, respiración rápida, temblor, etc. o problemas de salud, como alteración de la inmunidad, afectación de distintos órganos, dolores psicosomáticos…
A un nivel cognitivo, es decir, de cómo percibimos y leemos la realidad en que estamos, el miedo altera el sentido de la realidad, todo y todos pueden ser peligrosos. La persona ya no sabe bien qué es real y qué no, y tiene que hacer esfuerzos importantes por objetivar los problemas sin dejarse llevar por el miedo, un esfuerzo por analizar bien los problemas e identificar con claridad las amenazas (Martín Beristain, 1999: 66). Esto puede orillar a la desconfianza en los demás, que aunque a veces resulta necesaria para la supervivencia, también puede implicar una pérdida importante del necesario apoyo social y un impedimento para validar las experiencias y conocimentos. Por ejemplo, ya no sabe uno si es realmente tal compañero el que le va contando todo al jefe…
El miedo también influye en cómo se ve uno a sí mismo, puede afectar de muchas maneras a la identidad de las personas.
El miedo modela actitudes de inhibición y autocensura. Ante la amenaza, para no ponerse en mayor peligro, a veces las personas se ven obligadas a adoptar un comportamiento de silencio y pasividad ante situaciones con las que están en absoluto desacuerdo. Esto puede llevar a la paralización, a un aumento del conformismo, y a un cuestionamiento de la propia identidad que afecte a todos los aspectos de la vida cotidiana (Martín Beristain, 1999:36).
Ante situaciones agudas, puede surgir la sensación de humillación, del cuestionamiento de la propia dignidad. El miedo es una experiencia que nos puede confrontar con nosotros mismos, sin posibilidad de disimulo. Muchas veces sentir miedo produce conflicto en la persona, porque se piensa que un “buen sindicalista”, un “valiente”, o simplemente, un “hombre”, no debe sentir miedo. Así, cuando el miedo aparece, la imagen que la persona tiene de sí misma se deteriora (Riera, Martín Beristain, 1993:105).
Es habitual que el miedo, con los conflictos y las culpas, se circunscriba a lo más íntimo del ámbito personal, privado. Existe un estrecho parentesco entre esa sobreprivatización y el desarrollo de actitudes conservadoras (Lira, 1990: 152). Se apreciará la estabilidad, la del empleo sobre todo. Cualquier novedad o cambio se verá como peligro y amenaza. No importará que se tenga que adoptar una forma de vida marcada por la insatisfacción de las necesidades personales y la falta de derechos. El miedo puede producir sometimiento, impotencia, pasividad y resignación ante la explotación.
Quedarte sin trabajo, no poder ganarse la vida y mantener a la familia. La experiencia de amenaza vital se puede referir también a la imposibilidad de acceder a los medios de vida, a la no realización de la propia vida, del propio ser, del proyecto vital, de realizar la vida de acuerdo a los valores y propósitos que se pueden considerar inherentes a la vida humana (Lira, 1990a: 177).
Con la amenaza a la subsistencia material y a los proyectos de vida, el miedo puede desestructurar los soportes de la identidad personal. Se pueden generar entonces sentimientos de frustración y desvalorización personal intensos, vivencias de inseguridad muy profundas. Puede instalar un sentimiento de fracaso y de derrota personal. La frustración se establece como núcleo central y se va generando la percepción en la persona de que se está perdiendo a sí misma (Lira, 1990:156)
Martín Baró (1990, 244) señala que el miedo impide posibilidades de desarrollar una personalidad de acuerdo a opciones sociales y personales libremente elegidas. En un clima de miedo laboral, desarrollarse en opciones que el poder económico considera “problemáticas” puede acarrear importantes costes. Abandonar una identidad política o sindical que la persona siente como deseable, pero que está hegemónicamente estigmatizada, ocasiona un sentimiento de inautenticidad y culpa ante uno mismo y ante quienes no abandonaron esa identidad. Sin embargo, asumirla y ponerse en riesgo objetivo de sufrir represión laboral, con las consecuencias que puede traerle a uno mismo y a los seres queridos, también puede generar otro terrible sentimiento de culpa…
Los efectos individuales se relacionan de manera significativa con el contexto en que se producen. Vamos entonces, con algunos de los efectos grupales y sociales.
Efectos grupales y sociales del miedo
El miedo no afecta solo a los individuos que pueden sufrir la amenaza directamente. El miedo se expande por el medio y circula por entre cualquiera que pueda identificarse con alguna de las características de quien es objeto de un acto de represión. Trabajar en la misma empresa. O simplemente, ser un/a trabajador/a. El miedo afecta a la sociedad entera .
El miedo funciona como disuasión para los que puedan sentirse identificados con las personas reprimidas, ejemplifica lo que puede suceder, y orienta hacia la paralización y la colaboración con el poder hegemónico. Para quienes no se identifican, o pueden vivir al margen en apariencia de normalidad, el miedo promueve la insensibilización.
El miedo lleva al silencio en el grupo. En los momentos de los hechos de represión (un despido), no hablar de lo sucedido se convierte en una manera de evitar el peligro, dado que compartir lo que se sabe o se ha presenciado puede suponer riesgos, por ejemplo, el riesgo de ser acusado de “ser del mismo tipo” que las personas reprimidas y sufrir las mismas represalias. Esta imposibilidad de compartir produce un impacto significativo en las personas.
No decir, no preguntar, no saber. Todos saben, pero nadie habla de que despidieron a la compañera por estar embarazada. El silencio refuerza el miedo que se extiende y se convierte en denominador común. Pasan cosas inadmisibles que afectan a la dignidad de todxs mientras todo sigue igual, una suerte de presencia-ausencia que opera como si la realidad fuera otra, el mundo al revés. El silencio, total, se convierte en norma represiva oficial, se da una auténtica renegación social de la realidad. Entonces, a veces, en algunas personas, se mezcla el silencio con ansiedad, impotencia y culpa. En otras con indiferencia, negación o cinismo.
Del silencio, se transita con rapidez a la desconfianza, la división, la rotura de los lazos de solidaridad, y el aislamiento de las víctimas de la amenaza y su entorno. Por eso es tan tristemente habitual, que un trabajador que defiende los derechos propios o de algún compañero vea cómo a la hora del descanso todo el mundo, más o menos disimuladamente, rehúya su contacto como si de un apestado se tratara. Es muy probable y entendible entonces que la persona amenazada sienta una profunda decepción, frustración, hastío de todo y de todos, de tal manera que desactive su lucha.
El silencio de abajo será aprovechado por el discurso de arriba. Desde gerencia y sindicatos cómplices, se lanzarán discursos y rumores que inoculen más miedo, más grande, desde más arriba: la crisis, el fantasma del ERE planeando sobre el conjunto de trabajadores. Se pretenderá entonces que el sometimiento grupal sea generalizado y que perdure en el tiempo, instalando la sensación de fracaso por siempre inevitable, dado que “así son las cosas y así es la gente”.
El camino entre los efectos sociales e individuales del miedo es de ida y vuelta. El miedo y el silencio en el contexto irrumpen en los procesos individuales de composición de la realidad, desde sus más primeros inicios, afectando los canales de comunicación y la obtención de información, dificultando el acceso a una información relevante que sin embargo está presente, deformando la realidad. El ERE, por la crisis, afectó sobre todo a miembros de un sindicato combativo; luego contrataron a nuevos trabajadores, temporales y más barato, para hacer su trabajo. El del sindicato cómplice dice que es que las cosas están muy mal, que al menos algo se salvó y que mires la oferta de “leasing” que nos hace gerencia para que les compres el coche que les fabricas...
No hay respuestas, no hay preguntas; y viceversa, no hay preguntas, no hay respuestas. Nadie recuerda a los despedidxs, pero todxs saben de ellxs. Se impide así que las personas puedan validar socialmente sus percepciones, su experiencia, su conocimiento…El silencio se constituye como una forma de percepción y representación de la realidad. Una realidad que se percibe y se compone limitada, sesgada, separada, escindida. La negación social e institucional de lo sucedido convierte la mentira en verdad, la verdad en mentira: lo real no es ya real, lo excepcional y anormal se torna normal, la impunidad se instala como norma.
Para consolidar la confusión sobre la realidad, quedará la duda eterna sobre lo que sucedió: “algo debieron hacer para que les despidieran…”. La culpabalización y estigmatización se añaden, como sufrimiento constante, como sal en la herida, sobre los daños producidos en las víctimas por la represión laboral.
La sedimentación del miedo y el silencio va creando formas de relación social que se estabilizan y naturalizan como normales, y así, silenciosamente, se van creando en las personas formas de ser y de comportarse basadas en el silencio y en el miedo. No preguntar se puede convertir en la conducta socialmente deseada, en la conducta gratificada, correcta, normal. En caso de que alguien no siga la norma de silencio, la persona puede ser tildada de problemática, radical, culpable de lo que le pueda suceder. Entonces, puede suceder que el miedo de la personas vuelva sobre su propio recorrido, como una espiral: la persona que se crió en el miedo, que aprendió que en el trabajo no se pregunta ni se pide nada más de lo que un jefe omnipotente “da”, puede que no quiera ya conocer la realidad, para no tener que confrontar ni lo silenciado, ni a sí mismo ni a su mundo ante lo silenciado.
Se sabe, pero no se dice. La dimensión histórica del miedo circula con peso por generaciones. Pero apenas se reconoce su existencia. El padre que luchó por años en tal empresa, no le cuenta a su joven hijo que hubieron de luchar, que pasaron miedo, pero que hay que seguir luchando porque si no le arrebatarán lo que consiguieron. En el servicio de empleo, cuando le orienten profesionalmente, le dirán directamente que no debe hablar mal de anteriores trabajos, jamás ha habido problemas, mucho menos coacciones, nunca se han dejado de respetar derechos laborales... Al suprimir el recuerdo, se suprimen posibilidades de aprendizaje, y la experiencia, como un componente histórico del ser y el hacer individual y social, desaparece. Ya no son trabajadores, ni clase obrera; son “operarios técnicos cualificados”, consumidores con hipoteca y tarjeta de crédito, “clase media”…
Es decir, el miedo en su conjunto, desde sus manifestaciones más generales hasta las más pequeñas directas y cotidianas, va conformando maneras de ser en las personas, en muchas personas, en una franja de población. Trabajadores con miedo, dóciles y sumisos, funcionales al sistema de producción.
La imposición del mandato de silencio establece formas de relación social que impedirán preguntas y respuestas y, por tanto, la aparición de la verdad de la represión. Así, se normalizará la coacción del más fuerte, se naturalizará y hasta se pretenderá su legitimidad, para con ello perpetuar como necesarias las formas individuales de ser en el sometimiento. Sin sometimiento, el desempleo, el miedo a la denegación de los medios de vida, a no poder desarrollar el proyecto vital.
Asimismo, los modelos proporcionados como conductas y atribuciones deseables llevarán a que las personas interioricen el mandato de silencio y asuman como propia la identidad de quienes imponen el miedo y el silencio. Los palos se complementarán con zanahorias: el empresario se promocionará como modelo social a seguir y las crisis sociales constituirán “oportunidades de crecimiento personal”. El espíritu del emprendedor se impartirá en las escuelas bien tempranamente, como asignatura obligatoria. La capacidad de emprendimiento se convertirá en competencia profesional, medible y evaluable. Ya no existirán “trabajadores en precario”: serán “autónomos”, “pequeños empresarios” o “microempresarios”. Ser trabajador, será la marca del fracaso del parásito.
El miedo es una potente y sofisticada herramienta de control social, es una perversa forma de gobierno, de conducir las conductas de la gente. Y se aplica masivamente para controlar a lxs trabajadores. Pero no es infalible.
Afrontar constructivamente el miedo, y, cuando menos en alguna ocasión, conseguir resultados positivos, mejora la valoración que uno hace de sí mismo, fortalece el propio concepto, da seguridad en las propias capacidades y potencialidades y permite seguir adelante con más confianza y recursos. Como persona, como grupo y como sujetos históricos…
Afrontar el miedo
Los temores existen como ser humano, lo vemos como temor, miedo, decimos precaución... sabemos cuánta gente ha desaparecido, entonces nosotros no quisiéramos desaparecer antes de tiempo. Algunas personas dicen: ese ‘es un miedoso’, pero otras que no han sido miedosas ya no se encuentran vivas... Lo importante es qué más se puede hacer aprovechando el miedo... Entonces el miedo hace reflexionar a la persona y conocer cuándo debe retirarse, conocer cuándo se puede avanzar, avisar cuándo se puede hacer una cosa, cuándo no... De lo contrario, si no existiera el miedo la lucha hace mucho tiempo que se habría perdido. La lucha no se pierde por el miedo, se gana por el miedo, porque eso le da al individuo capacidad de táctica, le da capacidad de decir: ‘miren, hasta aquí lleguemos’.
Testimonio de un sindicalista salvadoreño.
(Riera, Martín Beristain, 1993: 71)
En la lucha por sus derechos, lxs trabajadores han sufrido grandes pérdidas humanas, materiales y culturales. Las personas han tenido que aprender a vivir con la tristeza por las pérdidas, así como con el sentimiento de injusticia y cólera como consecuencia de la situación posterior. Las gentes han afrontado esas pérdidas, siempre, de muchas y diferentes maneras, según sus posibilidades y los contextos, incluso en las situaciones más extremas. Las víctimas son activas aunque no lo parezcan (Martín Beristain, 1999: 120). Y también han afrontado el miedo y el silencio.
Martín Beristain (1999:65) señala que el valor adaptativo del miedo ha sido reconocido en diferentes contextos de amenaza. En ocasiones, en situaciones de profunda violencia, quienes se creían valientes y se habían quedado a afrontar o esquivar la represión, ya no estaban entre los supervivientes. La percepción de riesgo vital ha permitido que muchas personas y grupos tomaran la decisión de huir, protegerse o apoyarse mutuamente. El miedo es también un mecanismo adaptativo que, aun produciendo determinados problemas, ayuda a la gente a sobrevivir.
El miedo ofrece pues una función defensiva que permite tomar precauciones: ayuda a percibir el riesgo, permite a las personas reflexionar y saber cuándo deben retirarse o avanzar, cuándo pueden hacer una cosa y cuándo no. El miedo permite prever escenarios y plantearse alternativas de acción, protege y da a las personas capacidad táctica (Martín Beristain, 1999: 66).
El silencio no siempre significa adoptar posturas pasivas permanentes, las personas pueden encontrar formas complementarias de enfrentar los hechos, formas complementarias de desarrollar las tareas para el acceso a la información, componerse la realidad y comunicarse para actuar: hablar en confianza, en privado, en secreto…
Para afrontar el miedo de manera constructiva, Riera y Martín Beristáin (1993: 72-75 ) proponen algunos recursos: 1) mantener una postura activa: hacer algo con los sentimientos que el miedo despierta; 2) trabajar esos miedos: reconocerlos, analizarlos, socializarlos, descomponerlos; 3) evitar posturas rígidas como la negación / ocultación de esos miedos o la desvalorización de quien los reconoce; 4) compartir los sentimientos y promover la solidaridad.
Uno puede sentir que la tensión o el miedo se le come por dentro. Pero también puede proponerse no dejarse detener por el miedo. A veces, por no sentir después una terrible sensación de vergüenza o de indignidad; o por la lealtad y el afecto a los “compañeros”, o por consideraciones éticas y políticas a la hora de tomar decisiones y llevarlas a cabo, porque es “el deber”. O por mantener la dignidad, para poder seguir mirándose al espejo, por una afirmación de la identidad ante un poder opresor, “porque no van a poder con uno”... Todas las dimensiones, todos los ámbitos se ponen en juego.
También hay personas que, sin tanta tensión o precisamente por haber ya sufrido mucha, significan la realidad de manera tal que llegan a la conclusión de que ya poco o nada tienen que perder, y en consecuencia, se involucran con mayor intensidad en procesos de organización y lucha para provocar cambios en la situación que origina el miedo y el silencio.
El momento, el contexto, variables personales, etc. hacen positivas o negativas unas formas u otras de afrontar el miedo. Inhibir las emociones en momentos críticos puede ser útil a algunas personas para protegerse de los sentimientos de ansiedad, pero una inhibición crónica puede llevar a avivar los pensamientos no deseados.
Poco a poco, la experiencia en las situaciones, el entrenamiento en el tratarse las emociones, van también proporcionando algunos resultados positivos, tanto en la resolución de las tareas y situaciones, como en el afrontamiento de los sentimientos. Da satisfacción cuando uno se paraliza por el miedo, siente uno mayor autocontrol emocional, mayor aplomo y seguridad en uno mismo. Se trata de conservar y cuidar la propia autonomía: el respeto hacia uno mismo resulta lo más valioso como defensa.
En cualquier caso, el miedo y la realidad se retroalimentan. Si no se afronta de manera positiva, el miedo crece y se contagia a los demás; si se niega o reprime sin más, puede generar insensibilidad, obsesión…
En contextos mediatizados por el miedo, conocer la realidad y obtener explicaciones que sirvan para entender lo que sucede es parte del proceso general de afrontamiento. Así, conocer los métodos y estrategias del poder, tratar de hacer frente a las versiones oficiales hegemónicas, desarrollar las propias convicciones políticas…
A veces, puede quedar en las personas la idea de que detrás de los problemas hay unas fuerzas tan poderosas que nada puede impedir la amenaza y el estado de cosas. Esa sensación impide sobreponerse a las situaciones y los efectos de la represión se profundizan, dado que las personas no buscan alternativas para enfrentar la situación, pierden iniciativa, y la impotencia resignada se instala. Entender que el miedo y la represión tienen una explicación ayuda a entender y afrontar las situaciones. Y cuando se entiende, el miedo resulta menos destructivo, la represión tiene cara y ojos.
Mantener una postura activa frenta a la situación es también buscar relacionarse con otros que atraviesan por la misma situación y participar en espacios sociales que traten de afrontar los problemas.
Afrontar el miedo, no es solamente una cuestión individual. Es en gran medida, una cuestión colectiva.
Compartir situaciones posibilita la identificación y la empatía recíprocas, facilita que los problemas puedan identificarse como comunes. Se trata de construir espacios de encuentro que permitan establecer la confianza, y desde ahí, la reflexión y la búsqueda de alternativas en común, a partir de la solidaridad y el apoyo mutuo. Es labor a realizar poco a poco, día a día, desde lo más cotidiano.
No necesariamente han de ser espacios colectivos separados de la actividad cotidiana, creados y dedicados explícitamente para tratar el miedo y sus consecuencias ante una situación dada. En momentos especialmente críticos, eso puede ser de utilidad, pero ese tipo de espacios puede que no sean ni tan frecuentes ni tan fáciles de implementar.
Pero lo más útil tal vez sea el incorporar su afrontamiento de manera transversal en la cotidianeidad de las actividades normales. De hecho, muchas de las actividades cotidianas que ya se hacen, inciden muy positivamente en el afrontamiento del miedo. Mantener el espacio colectivo abierto todos los días, con sus actividades habituales, un espacio al que las personas saben que pueden acudir cuando tienen problemas, que serán recibidos y apoyados solidariamente. Tan solo se trata a veces de nombrar y saber dar todo el significado a lo que ya se hace. También se pueden implementar espacios formativos sobre estas temáticas entre las actividades colectivas habituales.
En resumen, se trata de nombrar el miedo en el ámbito laboral, reconocer su existencia, visibilizarlo, contextualizarlo, compartirlo, aceptarlo, darle sentido, afrontarlo en común, aprovecharlo para ser más eficaces en denunciar la intimidación laboral, defender nuestros derechos como trabajadores y promover nuestra autonomía.
Referencias
Klein, N. (2007). La doctrina del shock, el auge del capitalismo del desastre. Barcelona: Paidós.
Martín Baró, Ignacio.(1986). Hacia una psicología de la liberación. Boletín de Psicología. 22, 219-231. En : http://di.uca.edu.sv/deptos/psicolog/hacia.htm . Fecha visita web: 20-01-2005
Martín Baró, Ignacio. (1990). La violencia política y la guerra como causas del trauma psicosocial en El Salvador. En Martín Baró, (Ed.), Psicología social de la guerra. (65-84). San Salvador: UCA
Martín Baró, Ignacio. (1990). De la guera sucia a la guerra psicológica: el caso de El Salvador. En Martín Baró, (Ed.), Psicología social de la guerra. (160-171). San Salvador: UCA
Martín Baró, Ignacio. (1990). Guerra y trauma psicosocial del niño salvadoreño. En Martín Baró, (Ed.), Psicología social de la guerra. (234: 250). San Salvador: UCA
Martín Beristain, Carlos. (1999). Reconstruir el tejido social: un enfoque crítico de la ayuda humanitaria. Barcelona: Icaria.
Lira, E (1990). Guerra psicológica: intervención política de la subjetividad colectiva. En Martín Baró, (Ed.), Psicología social de la guerra. (138-160). San Salvador: UCA.
Lira, E. (1990a) Psicología del miedo y conducta colectiva. En Martín Baró, I. (Ed.), Psicología social de la guerra. (176-196). San Salvador: UCA.
Riera, Francesc; Martín Beristain, Carlos. (1993). Afirmación y resistencia, la comunidad como apoyo. Barcelona:Virus.
Rüssel, A; Álvarez Villar, A. (1976). Psicología del trabajo. Madrid: Morata.
Watson, Peter. (1982). Guerra, persona y destrucción. Usos militares de la psiquiatría y la psicología. México, D.F: Nueva Imagen.
Noticias relacionadas:
El trabajo y el miedo [resumido]
OTRAS FORMAS DE HACER Y PENSAR: PSICOLOGÍA DEL TRABAJO DESDE UNA PSICOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN



































