Solidaridad Obrera 350: opinión
La ciudad vive parasitariamente del campo, siempre lo ha hecho y hoy las cosas muy poco han variado en lo sustancial. Le sustrae alimentos, materias primas, agua y energía. Lo consigue por medio de dos mecanismos, el fiscal y el mercantil. Por el primero el campo ha de enviar a la ciudad sus productos para lograr los recursos monetarios con lo que satisfacer los tributos que cobra a punta de bayoneta el ente estatal. Por el segundo el capital se lucra a costa de la gleba en el marco de la dominación urbana-estatal que ejerce la ciudad sobre los territorios rurales, por variados mecanismos que no podemos exponer aquí por falta de espacio.
Pero eso no es todo. Una vía más de expolio, y de las más importantes, es la transferencia de población. Podríamos decir que la ciudad saquea y desvalija sus gentes al campo. Éste los cría y cuando son productivos emigran a las ciudades, donde se establecen para aportar su capacidad de trabajo. De esa manera los gastos son para el campo y los beneficios para la ciudad, con lo que el primero se hace cada vez más pobre y despojado mientras que la segunda deviene más rica y poderosa.
Las ciudades han padecido siempre de déficit demográfico, en ellas nacían menos seres humanos, proporcionalmente, y además soportaban una mortalidad mucho mayor, dadas sus insanas condiciones de existencia. Por tanto, su balance demográfico era negativo, y sólo podía crecer a costa de atraer gentes de los territorios rurales que iban a las ciudades en un goteo permanente, hombres y mujeres.
Para lograrlo el aparato estatal, establecido en las ciudades y fusionado con ellas, se valía de mecanismos muy variados: conceder privilegios a las urbes, emplear al clero para atraer población (sobre todo mujeres), usar la incorporación a quintas (servicio militar) para habituar a los varones jóvenes a una vida ajena a la agraria, valerse de la escuela para denigrar lo rural, realizar por la fuerza la destrucción -privatización- de los bienes comunales sin los que la emigración era inevitable (probablemente ése fue el primer factor causal de la desamortización realizada por Felipe II, a finales del siglo XVI, justamente al poco de hacer de Madrid la capital del reino), fomentar en las metrópolis la vida alegre y disipada, viciosa en realidad, para llamar a los desarraigados y marginales, impulsar por medio de privilegios y bonificaciones la industria en las ciudades, no en el campo. Los procedimientos fueron muchos y aún no todos son bien conocidos.
Además, dada la atomización propia de la vida urbana en comparación con la agraria, de donde se desprendía el correspondiente debilitamiento de los vínculos sociales y las redes de ayuda mutua, tener hijos en las ciudades era bastante más caro y trabajoso que en el campo, lo que contribuía a deprimir la demografía en ellas. Por eso Madrid, desde el siglo XVIII hasta hace muy poco, se ha abastecido de seres humanos en Asturias, Galicia y las dos Castillas, con el añadido de Extremadura y Andalucía después de la guerra civil.
Para comprender la hegemonía de la ciudad sobre el agro hay que entender que la primera es, ante todo, el espacio físico donde se asienta y organiza el Estado. Sin Estado no hay ciudades, y éstas crecen poblacionalmente conforme lo hace el poder estatal. La explicación no-política, economicista, del origen de las ciudades no se sostiene, pues incluso la industria y la burguesía se ha desarrollado en ellas sobre todo gracias al fomento e impulso estatal. Por lo demás, cuando se insiste tanto en la función de la industrialización en el crecimiento de Barcelona o Bilbao se ignora que la primera es Madrid (esto es, el Estado español) en Cataluña, y la segunda es Madrid (vale decir, el Estado español) en Euskal Herria.
Eso significa que una sociedad sin Estado será una sociedad sin ciudades, y viceversa.
Por consiguiente el gran salto adelante de las ciudades, con el correspondiente retroceso del mundo agrario, tiene lugar con la aciaga Constitución española de 1812 y sus clones, que proporciona un impulso descomunal al crecimiento del ente estatal.
Por lo demás Madrid no tuvo industria a gran escala hasta después de la guerra civil, y ya antes de 1936 llegó a tener un millón de habitantes, a costa del desarrollo hipertrófico de los aparatos estatales en ella asentados, concentrados, entrelazados y unificados. Había que abastecer de mano de obra y personal de servicio al ejército, las policías, los cuerpos de altos funcionarios, el aparato académico, el poder mediático, los organismos fiscales y financieros del Estado y al resto de los poderes institucionales, motivo por el cual se forzó una emigración ya notable para aquellos años que devastó algunos territorios próximos. Éstos nunca se recuperaron ya, por ejemplo, la sierra de Madrid y las provincias próximas, sobre todo Guadalajara en su mitad sur, Toledo, Segovia y otros. Eso por no hablar del arrasamiento de los bosques para hacer carbón con destino a la urbe capitalina, lo que originó un gran desastre medioambiental.
Para el mejor dominio desde Madrid de los espacios rurales se usó todo tipo de instrumentos: policiales, como la Guardia Civil, creada expresamente para ese fin a mediados del siglo XIX; tecnológicos, el ferrocarril y el telégrafo sobre todo; ideológicos, la escuela primaria estatal y la Iglesia, ambas unidas y entretejidas; políticos, como el famoso caciquismo, un horrible procedimiento para atar al mundo aldeano a las capitales de provincia y grandes urbes; los partidos políticos, la prensa, el Ministerio de Agricultura, desde el que se ha destruido la ruralidad, por citar sólo los más conocidos.
Tras la guerra civil, vencido el maquis hacia 1952, un movimiento de resistencia rural al Estado franquista que no tuvo equivalente en las ciudades (lo cual evidencia dónde estaba la revolución y dónde la sumisión o conciliación), la emigración da un salto descomunal. En efecto, entre 1955 y 1970 marchan a las áreas urbanas más de cinco millones de personas, en uno de los mayores movimientos poblacionales conocidos en la península Ibérica. Sus causas son dos, el desarrollo a gran escala del Estado por el franquismo y el auge industrializador que el ente estatal promovió en una coyuntura internacional muy favorable.
Tal oleada de emigración significó el golpe de muerte para la cultura rural, con despoblación casi completa de varias zonas, abandono de cientos de aldeas, pérdida de saberes ancestrales, degradación de la convivencia campesina y trituración general de una cultura milenaria. Además, desde arriba se impuso la agricultura industrial, con sus terribles secuelas de deforestación, erosión, toxicidad, maquinismo y daños cada vez más graves a los suelos agrícolas.
Para los años 90 del siglo pasado las ciudades necesitaban con urgencia nuevas transfusiones de seres humanos, pero en el interior del país ya no quedaba nada, de manera que hubo que explotar otros yacimientos de mano de obra, esta vez en el exterior. Hasta el presente han ido llegando más de seis millones de personas, según el modelo una y otra vez repetido: criados fuera son explotados dentro, de tal manera que proporcionan recursos colosales al Estado, con los impuestos y las cuotas de la Seguridad Social, al mismo tiempo que ocasionan muy pocos gastos pues son gente joven y sana en su gran mayoría.
Asimismo, la emigración procedente del exterior ha sido decisiva para llevar al capitalismo a una nueva etapa de auge y prosperidad nunca antes conocida, que se ha mantenido hasta la crisis económica de 2008. Según expone con desparpajo pero con una claridad muy de agradecer el Informe Recalde, el capitalismo español ha tenido en la emigración su particular maná, como ya había sucedido en las ocasiones anteriores, desde el siglo XVI en adelante, aunque esta vez mucho más.
El izquierdismo, para ocultar el carácter pro-sistema de los procesos migratorios en curso, que son absolutamente esenciales para la clase empresarial y el ente estatal, y que están impulsados y dirigidos por éstos, ha logrado con gran éxito evitar un debate abierto de la cuestión, reduciéndola al par racismo/antirracismo, cuando de lo que se trata es de comprender su significación económica, según la pregunta clave ¿a quién beneficia? De ese modo, al identificar a los emigrantes (personas respetables) con la emigración (acontecimiento social indeseable), han logrado colar ésta como hecho positivo, cuando sólo lo es para el gran capital, que es a quien representa el “antirracismo” izquierdista y de las ONGs, una de las más fanáticas religiones políticas de la hora presente.
Todas las personas tienen derecho a vivir en su tierra, con su gente, sin verse obligados a emigrar, que es asunto muy doloroso. Por lo demás, la solución no es la emigración sino la revolución, y uno de los males de aquélla es que sirve de válvula de escape que entorpece su maduración. De manera que la emigración actual dificulta la revolución en los países de origen y robustece al par capital-Estado en los de llegada: hay que ser muy reaccionarios para defender todo eso.
Félix Rodrigo Mora
http://felixrodrigomora.net/
SUPLEMENTO BIBLIOGRÁFICO
“Naturaleza, ruralidad y civilización” (Editorial Brulot, 2ª edición, 250 pgs, Félix Rodrigo Mora)
Dedica bastante atención a la gran emigración del campo a la ciudad que tuvo lugar en los años 60 del siglo XX, que destruyó la sociedad rural popular tradicional y dotó de nuevo vigor al mundo urbano, empresarial e industrial. Más de cinco millones de personas marcharon a buscar “una nueva vida” en las megalópolis, impulsada por las medidas que el régimen franquista tomó para vaciar los campos y poner fin a una cultura milenaria, que se le había enfrentado valerosamente en el maquis (60.000 detenidos juzgados, 2.000 ejecuciones extrajudiciales, 10.000 muertos en acción, unos 300.000 hombres y mujeres del mundo rural colaborando activamente con la guerrilla). El capitalismo se fortaleció muchísimo con ello, por ejemplo, se produjo una colosal acumulación de capital en el sector de la construcción, por tanto, en la banca, ocasionada por la venta de viviendas (los famosos pisos) a los emigrantes. Al mismo tiempo, éstos se convirtieron en consumidores puros, pues mientras en sus pueblos y aldeas se autoabastecían en cierta medida, una vez instalados en las metrópolis todo, o casi todo, debían adquirirlo en el mercado, por dinero, lo que creó las condiciones óptimas para un nuevo auge del capitalismo. Al mismo tiempo, comprándolo todo pagaban una masa de impuestos indirectos que antes, con el autoconsumo, no proporcionaban al ente estatal, y una masa de impuestos directos que antaño muy escasamente proporcionaban, al no practicar el trabajo asalariado más que de manera esporádica y excepcional, trabajando para sí mismos. Todos los fenómenos emigratorios son ideales para el capital y los Estados, por ejemplo lo que convirtió a EEUU en potencia dominante desde comienzos del siglo XX no fue su extensión territorial ni sus riquezas naturales sino, sobre todo, la masiva llegada de emigrantes europeos en el XIX, que aportaron unas ganancias netas descomunales al capital yanki, pues recibía como mano de obra lo que no habían gastado como crianza. Al mismo tiempo esa masiva salida de seres humanos quitó fuerza a los estallidos revolucionarios en Europa, reforzando en ésta el poder de las elites militares, capitalistas y funcionariales. En todos los procesos migratorios hay un ganador, el capital y el Estado receptor (además del Estado emisor), y un perdedor neto, los pueblos, aquellos que reciben emigración y más aún los que la emiten.
“La democracia y el triunfo del Estado” (editorial Fundamentos, 3ª edición, 637 páginas, Félix Rodrigo Mora)
En este libro se hace un análisis poco usual de los orígenes y naturaleza real del capitalismo, poniendo el acento en los seres humanos reales sometidos a la producción, esto es, en la mano de obra y los procedimientos para conseguirla y crearla. Habitualmente se nos habla del capital y de la tecnología como si fueran lo sustantivo del capitalismo, ignorando que éste en primer lugar y por encima de todo necesita fuerza de trabajo a la que explotar en las mejores condiciones económicas, políticas e ideológicas posibles. Sin personas aherrojadas y degradas aptas para trabajar no hay capitalismo, y esa se hace la cuestión decisiva, por encima de la tecnología y del capital en tanto que trabajo acumulado. La historia del capital es la del esfuerzo por lograr los máximos beneficios en la crianza de los seres humanos, de tal modo que en cuento puede descarga esta tarea sobre pueblos más pobres y más oprimidos, para convertir al propio país es receptor neto de mano de obra. Esto puede adobarse con toda la retórica “humanitarista” y “anti-racista” que se desee pero continúa siendo un asunto del todo repudiable. El libro mencionado presenta una perspectiva innovadora, enfrentada con los viejos dogmatismos, de los orígenes y naturaleza del capitalismo en el cual el factor humano es el más decisivo, conclusión que proviene del estudio imparcial de la realidad y no de algún apriorismo más o menos hábilmente argumentado.


































